
El auge de la IA empuja a estudiantes de psicología, música y derecho a formarse en tecnología
Desde Virginia hasta Canberra, la inteligencia artificial está redefiniendo las carreras universitarias y profesionales, obligando a estudiantes y docentes a replantearse las habilidades necesarias para el futuro.
Faith Maeba nunca había escrito una línea de código. Estudiante de psicología en la Virginia Commonwealth University, se resistió cuando su madre le sugirió por primera vez que se inscribiera en clases de inteligencia artificial. La idea le resultaba ajena, casi una intromisión en un camino que ya tenía trazado. Sin embargo, al investigar programas de posgrado sobre el comportamiento humano en el entorno laboral —un ámbito cada vez más atravesado por el aprendizaje automático—, su perspectiva cambió. Hoy, a los 21 años, Maeba cursa una especialización secundaria en IA. “Me está dando una ventaja, me hace destacar”, confiesa.
Ese viraje personal condensa una transformación más amplia que recorre los campus estadounidenses y encuentra ecos en otras latitudes. El consejero delegado de PwC en Estados Unidos, Paul Griggs, observa el mismo fenómeno desde la óptica empresarial: la firma ha reducido la contratación de consultores y contables tradicionales mientras incorpora más científicos de datos, ingenieros y expertos en aprendizaje automático. Un informe de la consultora sobre más de mil millones de ofertas de empleo revela que los puestos donde la IA exige mayor pericia humana crecen el doble de rápido que aquellos en los que la tecnología facilita la tarea a perfiles no especializados, con salarios que han aumentado un 42 % más desde 2021. Griggs, que anima a sus propios hijos a cursar másteres en administración de empresas o a explorar las humanidades, sostiene que la IA amplifica la necesidad de un “conocimiento amplio” y de profesionales capaces de aprender de forma continua.
Esa reconfiguración de las competencias deseadas choca, sin embargo, con una realidad incómoda en las aulas. Docentes en México relatan un endurecimiento de sus métodos ante lo que perciben como una dependencia creciente de los estudiantes hacia los generadores de texto. Adrián, profesor de Diseño Gráfico, califica el panorama de “deprimente” y planea regresar a los trabajos manuales y a las evaluaciones orales, como si la tecnología no existiera. Flor Guerrero, con 28 años de docencia en Comunicación, describe una caída de la capacidad de retención y del razonamiento autónomo: “La memoria, que ya de por sí estaba mermada, con la IA ha caído por los suelos”. En paralelo, han proliferado los sitios que prometen “humanizar” textos generados por inteligencia artificial para burlar los detectores de plagio. Una prueba realizada por el portal brasileño G1 demostró que, si bien estos humanizadores reducen las marcas de IA de un 100 % a un 80 %, no las eliminan por completo ni logran que el escrito se asemeje realmente a la prosa de una persona. Quedan señales inconfundibles: períodos cortos que dificultan el desarrollo de las ideas, generalizaciones basadas en el sentido común y una falsa oralidad que confunde naturalidad con informalidad.
Frente a esta tensión, las universidades han empezado a institucionalizar la alfabetización en IA mucho más allá de las carreras técnicas. Virginia Commonwealth University ha creado una especialización secundaria dirigida a estudiantes ajenos a la informática; Purdue exige un requisito de graduación en IA; Harvard integra lecciones sobre grandes modelos de lenguaje, derechos de autor y desinformación en sus cursos de escritura; y Ohio State ha implantado un taller práctico de fluidez en IA. Northwestern, que ya ofrecía una especialización secundaria, añadirá una titulación principal y ha simplificado los prerrequisitos para que alumnos de otras disciplinas accedan a las aulas de aprendizaje automático. Su Escuela de Música Bienen, por ejemplo, expide ya un certificado que combina música e inteligencia artificial. “Tenemos que democratizarlo —afirma Peter Stone, director de Informática en la Universidad de Texas en Austin—. Del mismo modo que todo el mundo necesita ciertas nociones de matemáticas, lectura y escritura, creo que todo el mundo necesita un grado de alfabetización en IA”.
Esa convicción viaja también al hemisferio sur. En la Universidad de Canberra, un nuevo certificado de posgrado en derecho para la IA y los datos éticos busca dotar a los funcionarios públicos de herramientas para navegar los desafíos legales y regulatorios de la tecnología. Sin embargo, estudiantes como Sienna Flynn, presidenta de la asociación de enfermería del campus, cuestionan que sean ellos quienes deban costear una formación adicional de 12.000 dólares cuando ya pagan por sus titulaciones. “No estudiamos informática, somos enfermeros”, protesta. Una encuesta sindical de 2024 reveló que el 92 % de los empleados públicos australianos no había recibido capacitación alguna sobre el uso de la IA en el trabajo. Mientras tanto, en una universidad estadounidense, el profesor Jason Gibson tendió una “trampa” en un examen y suspendió a 32 de sus 35 alumnos por haber delegado la prueba entera en la inteligencia artificial. La imagen de esos estudiantes, atrapados por el mismo atajo que creían infalible, devuelve la pregunta al punto de partida: no se trata solo de dominar la herramienta, sino de preservar aquello que ninguna máquina puede simular.
| Prensa del Golfo árabe | +0.70 | aligned |
|---|---|---|
| Prensa atlántica / anglosfera | −0.40 | critical |
| Prensa latinoamericana | −0.30 | critical |
AI is democratizing US higher education, offering students from every discipline the tools for the future.
Presents the phenomenon as a natural and positive market evolution, without mentioning costs or criticisms, using a celebratory and optimistic tone.
Does not mention the additional costs for students nor the ethical concerns raised by other outlets.
Students are left alone to bear the costs of professional upskilling, while universities and companies get richer.
Uses direct student testimonials to create empathy and indignation, highlighting economic inequalities and lack of institutional support.
Does not mention positive data on increased enrollment in AI courses nor initiatives by some universities to offer scholarships.
AI is threatening academic integrity, forcing professors to defend authentic learning with stricter methods.
Builds a narrative of conflict between teachers and students, using examples of 'traps' and sanctions to emphasize the need for control and discipline.
Does not mention the benefits of AI for personalized learning nor initiatives to integrate AI constructively into curricula.
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