
La precariedad económica prolongada acelera el envejecimiento cerebral, revela un estudio británico de siete décadas
Personas con dificultades financieras persistentes desde la adultez temprana mostraron peor memoria, menor velocidad de procesamiento y signos de atrofia cerebral a los 70 años, según un seguimiento de 2.759 individuos.
La exposición repetida a la estrechez económica durante la vida adulta deja una huella mensurable en el cerebro, de acuerdo con una investigación de la University College London publicada en Innovation in Aging. El estudio, de carácter observacional, siguió a 2.759 ciudadanos británicos de la cohorte de nacimiento de 1946 y encontró que quienes atravesaron una situación de bajo ingreso persistente —definida como pertenecer al 20 % más desfavorecido en al menos dos de tres mediciones realizadas a los 26, 43 y 53 años— o reportaron dificultades financieras prolongadas entre los 36 y los 53 años, obtuvieron puntuaciones más bajas en pruebas de memoria verbal y velocidad de procesamiento ya a los 53 años. La asociación se mantuvo tras ajustar por capacidad cognitiva infantil, nivel educativo, síntomas de ansiedad o depresión juveniles y condiciones socioeconómicas de origen.
En un subgrupo sometido a resonancia magnética entre los 69 y los 71 años, los investigadores detectaron un mayor volumen de los ventrículos cerebrales —cavidades que se expanden cuando hay pérdida de tejido— entre quienes habían vivido una precariedad económica persistente. Los autores precisan que el declive más lento de la memoria observado en algunos participantes con dificultades entre los 53 y los 69 años no constituye un efecto protector, sino que refleja un punto de partida más bajo, con menor margen de deterioro adicional.
El impacto fue más pronunciado en los hombres, para quienes la relación entre adversidad financiera y peor salud cerebral resultó particularmente marcada. Los investigadores sugieren que esto podría deberse a conductas de salud más desfavorables, como el tabaquismo o el consumo excesivo de alcohol, y a una vivencia más aguda del estrés económico en una generación donde muchos eran el principal sostén del hogar. Asimismo, los portadores de la variante genética APOE-ε4, asociada a un mayor riesgo de Alzheimer, mostraron una vulnerabilidad acentuada al desgaste cognitivo vinculado al estrés financiero.
“Nuestros hallazgos sugieren que apoyar a las personas que enfrentan dificultades financieras y reducir la pobreza crónica también podría ayudar a prevenir el deterioro cognitivo y los casos de demencia en el futuro”, señaló la profesora Praveetha Patalay, coautora sénior del estudio. El investigador principal, Jacques Wels, subrayó que es la acumulación de penurias a lo largo de muchos años, y no los episodios aislados, lo que se asocia con los peores desenlaces en la salud cerebral. El trabajo no establece una relación causal directa, pero aporta evidencia longitudinal sobre cómo el estrés económico sostenido podría acelerar procesos de envejecimiento cerebral a través de mecanismos como la inflamación crónica.
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